miércoles, 8 de junio de 2011

Atalaya del 15 de enero de 1970, págs. 57-60

Los cristianos deben vivir honradamente
¿Es posible ser honrado hoy? ¿Cómo puede el cristiano mantener una buena conciencia?
¿SE ACUERDA usted de los días cuando podía salir de casa con la familia por unos días sin asegurar la puerta con cerradura doble? ¿Recuerda usted cuando podía efectuar una compra y echarse el cambio en el bolsillo sin pensar que debería contarlo primero? Si estas cosas todavía están en su memoria, entonces sin duda usted por lo menos se acerca a la edad madura, porque en casi todo lugar hace algún tiempo que esos días desaparecieron.
El robo, la mentira y el fraude han llegado a ser casi tan comunes como el comer y el dormir. Ahora se da por sentado al ladrón. En muchos lugares éste ya no circunscribe su ‘trabajo’ a las horas de la noche. Más bien, a menudo le quita a su víctima sus pertenencias en pleno día a punta de puñal, seguro de que nadie intervendrá. En realidad, casi ha llegado a ser un héroe. Si se le atrapa algunos consideran eso un fin triste.
Pero usted debe haber notado que esta actitud de indulgencia se extiende más allá del campo del ladrón común. Por mucho, la inmensa mayoría de actos faltos de honradez se originan con personas llamadas respetables; personas que van a la iglesia los domingos, que viven y trabajan en vecindarios respetables, que se visten bien y mantienen erguida la cabeza como ciudadanos excelentes.
Por ejemplo, considere al viajero internacional que regresa de un viaje de negocios o de vacaciones, trayendo consigo artículos sobre los cuales debería pagar impuestos. Consideraría un insulto el que usted lo llamara ladrón, pero si puede ‘mover sus palancas’ o de alguna manera convencer a los inspectores aduanales para que lo dejen pasar sin pagar, orgullosamente habla de ello a sus amigos. Mientras más sea lo que así obtenga, mejor les agrada a ellos. El defraudar al gobierno es común.
Pero si uno es cristiano verdadero, ¿cómo debe considerar esas prácticas? ¿Puede uno compartir esta manera de pensar común y entregarse a prácticas faltas de honradez? No, al cristiano se le manda que se aparte de las personas y de las prácticas que deshonran a Dios. Se le dice claramente: “Que el que hurta ya no hurte más.” No hay escapatorias que permitan sutilezas o justifiquen el ambiente.—Efe. 4:28.
HONRADEZ EN LOS NEGOCIOS
Se hace cada vez más difícil manejar un negocio siguiendo principios honrados. Los impuestos de importación posiblemente sean excesivos, y puede que otros negociantes recurran al contrabando o traten con fabricantes faltos de escrúpulos que hacen declaraciones falsas en cuanto a la calidad y valor de sus productos. Pero, ¿puede un negociante cristiano recurrir a estas prácticas?
No, porque, ante todo, el cristiano desea agradar a Jehová Dios. Y la Biblia dice que “el descarriado es cosa detestable a Jehová, pero Su intimidad es con los rectos.” (Pro. 3:32) Es verdad que puede ser difícil tratar honradamente y al mismo tiempo competir en los negocios con negociantes faltos de honradez. Pero aunque se reduzcan las ganancias, la honradez le ganará al cristiano la confianza de otros, pundonor y, ante todo, una buena posición delante de Dios. Esto es de mucho mayor valor que la prosperidad material.
La falta de honradez en los negocios a menudo proviene de prácticas faltas de honradez en el gobierno. Los inspectores y los revisores de cuentas tienen un ‘garrote’ en una mano y extienden la otra esperando un soborno. Pero los siervos de Dios no sobornan. “No has de aceptar [ni pagar] un soborno,” dice la Biblia, “porque el soborno ciega a hombres de vista clara y puede torcer las palabras de hombres justos.” (Éxo. 23:8) El pagar a funcionarios del gobierno para que finjan no ver las actividades ilegales es quebrantar la ley. También contribuye a la decadencia moral de otros.
El negociante cristiano tiene una responsabilidad moral tanto para con las autoridades gubernamentales como para con sus clientes. Quizás sea una práctica común el tener un juego doble de libros para defraudar al gobierno, y un juego doble de balanzas para defraudar al público. Sin embargo, ni una práctica ni la otra tiene la aprobación de Jehová Dios. Su Palabra dice: “Dos suertes de pesas son cosa detestable a Jehová, y una balanza defraudadora no es buena.”—Pro. 20:23.
El tratar honradamente con los empleados es otra obligación que debe cumplir el cristiano. Quizás el patrono esté obligado a efectuar deducciones con regularidad del salario de su empleado para pagos de salud, seguro social o fondos para desempleo. Sin embargo, a veces los patronos que deben efectuar estos pagos en ciertos países no lo hacen, de modo que cuando el empleado necesita estos beneficios no están disponibles. ¡Pero esto es falta de honradez de parte del patrono! “El obrero es digno de su salario,” enseñó Jesús. Y hoy estos salarios incluyen el uso apropiado de las deducciones del salario del empleado.—Luc. 10:7; Lev. 19:13.
De nada vale alegar que cierto empleado no es digno de su salario porque es perezoso o hurta de otras maneras de su patrono. Si se le mantiene en la nómina, el patrono se obliga. El cristiano no ha de ‘devolver mal por mal a nadie.’—Rom. 12:17.
Las buenas relaciones entre el patrono y el empleado por lo general comienzan con el patrono. Si él trata a sus obreros sobre la base de rectitud y generosidad, es probable que con el tiempo reciba la misma clase de tratamiento de parte de ellos. Jesús dijo: “Practiquen el dar y se les dará. Derramarán en sus regazos una medida excelente, apretada, remecida y rebosante. Porque con la medida con que ustedes miden, se les medirá a ustedes en cambio.”—Luc. 6:38.
LOS EMPLEADOS DEBEN SER HONRADOS
Al mismo tiempo, los empleados deben tratar honradamente con su patrono. Pero hoy con frecuencia no lo hacen. ¡En realidad, muchas compañías calculan que es probable que pierdan el 10 por ciento de todas sus ganancias por robo de parte de los empleados! ¿Ha oído compañeros empleados alegar que realmente merecen el dinero que hurtan debido a los salarios escasos que reciben? Por supuesto, no comprenden que simplemente están ensanchando la brecha entre su sueldo y el costo de la vida. El patrono no será quien pierda; él simplemente sube los precios para compensar la pérdida.
El robar es una tontería prescindiendo de cómo lo considere uno. Y el tamaño y la cantidad de lo que se hurte no es lo que determina si es moralmente correcto o incorrecto. Aplica el principio bíblico: “La persona injusta en lo mínimo es injusta también en lo mucho.”—Luc. 16:10.
¿Opera su compañía un economato donde usted puede efectuar compras a un precio muy bajo? Estos beneficios por lo general se circunscriben al empleado y su familia inmediata. Por lo tanto, ¿no sería falto de honradez el abusar del privilegio efectuando compras para otros, o revendiendo artículos a un precio más alto? Quizás algunos razonen que la compañía no está perdiendo dinero en lo que se vende allí, y que realmente no le importaría. Pero, ¿le han preguntado al dueño de la compañía acerca de esto para enterarse de la norma? Es posible que la opinión de uno mismo o la de otro empleado resulte tergiversada debido a intereses personales.
En algunos lugares es una práctica común el que los empleados entren en un arreglo con sus patronos para incluir a miembros de sus familias en la nómina aunque estos miembros de familia en realidad no sean trabajadores. No hay pérdida financiera para el patrono, porque el salario del empleado simplemente se divide en cantidades más pequeñas entre dos, tres o más miembros de la familia. De modo que no se le roba al patrono. Pero, ¿hay fraude al gobierno?
El fraccionar así los salarios hace posible que cada “trabajador” esté dentro de la clasificación de ingresos que no requiere el pago de impuestos, algo que no sucedería si el salario entero se asignara solo a una persona. También, cada miembro de la familia incluido en la nómina ahora puede recibir beneficios del seguro social. Pero si uno en realidad no tiene derecho a estos beneficios, ¿es honrado el que se aproveche de ellos? ¿No es esto vivir una mentira?
EL ASUNTO DE LA CONCIENCIA
Quizás ahora usted esté pensando en un asunto de su propia vida que haga surgir preguntas. Es posible que se sienta impulsado a preguntar: ‘¿Es incorrecto hacer esto o es incorrecto hacer aquello?’ Las leyes y las disposiciones reglamentarias tienen tantos embrollos e interpretaciones que posiblemente uno esté genuinamente confuso. Quizás usted no conozca un principio bíblico que se relacione directamente con lo que usted tenga pensado. Pero hay maneras de averiguar lo que es correcto y lo que es incorrecto.
Por ejemplo, ¿tiene dudas en cuanto a lo que usted puede llevar cuando viaja de un país a otro? Entonces pregunte a las autoridades aduanales. O, ¿tiene que ver el problema con prácticas comunes en el lugar donde trabaja? Diríjase al dueño o gerente y obtenga su punto de vista. Sea franco. Usted por lo general puede determinar si cierta práctica se considera correcta o incorrecta preguntando a las autoridades apropiadas en cuanto al asunto.
Sin embargo, quizás la persona a quien usted dirige su pregunta no le dé una respuesta directa. Entonces le toca a usted decidir lo que hará. Hay ciertos asuntos que simplemente tienen que dejarse a la conciencia del individuo, y cada uno tiene que asumir su propia carga de responsabilidad ante Dios.—Gál. 6:5.
En caso de duda, no trate de tranquilizar su conciencia procurando una opinión favorable de otra persona que no esté envuelta en el asunto. No está dentro del campo de la responsabilidad de un cristiano decirle a otro cómo dirigir su negocio o zanjar sus asuntos financieros con otros. En una ocasión cierto hombre quería que Jesús usara su influencia así, pero Jesús rehusó implicarse. Su respuesta fue: “Hombre, ¿quién me nombró juez o partidor sobre ustedes?”—Luc. 12:13, 14.
Recordemos que el asunto de mantener una buena conciencia ante Dios y el hombre no es algo que deba tratarse a la ligera. La Biblia dice que debido a no mantener una buena conciencia algunas personas “han experimentado naufragio respecto a su fe.” La Biblia también hace notar que el tenerle demasiado apego a las cosas materiales es un factor que puede hacer que uno ‘se acribille con muchos dolores.’ Por eso, el derrotero cristiano es mantener una buena conciencia aun a costa de posesiones materiales.—1 Tim. 1:19; 6:10; 4:2.
EDIFICANDO UNA BUENA CONCIENCIA
La conciencia cristiana se edifica por medio de estudiar la Palabra de Dios y comprender y apreciar los principios que se encuentran en ella. Dios no ha dejado a los humanos en ignorancia en cuanto a cuáles prácticas son correctas y cuáles son incorrectas. No, sino que ha provisto su Palabra la Biblia para que por medio de usarla los cristianos maduros puedan ‘tener sus facultades perceptivas entrenadas para distinguir tanto lo correcto como lo incorrecto.’—Heb. 5:13, 14.
Sin embargo, hay millones de personas que durante la mayor parte de su vida han vivido según las normas de este presente sistema de cosas, ni siquiera dándose cuenta de que eran faltas de honradez. No se les ha entrenado apropiadamente a distinguir lo correcto de lo incorrecto. Quizás usted sea una de estas personas. Sin embargo, es posible que recientemente haya comenzado a estudiar la Biblia y esté comenzando a discernir que Dios desaprueba ciertas prácticas. ¿Qué hará usted?
La decisión prudente es obrar en armonía con su conciencia entrenada por un estudio de la Palabra de Dios. Es verdad que en algunos casos esto quizás signifique amoldarse a un nivel de vida inferior en lo material para ajustar su vida de modo que armonice con los principios bíblicos. Pero, ¡vale la pena! El placer de una conciencia limpia tanto ante Dios como ante los hombres es de mucho mayor valor que cualesquier posesiones materiales.
Lo que se requiere para vivir honradamente es fe genuina y un amor verdadero a Dios. ¿Cree usted realmente en las promesas de Dios de que bendecirá a sus siervos con vida eterna en su nuevo sistema de cosas? (2 Ped. 3:13; Sal. 37:29) Si usted lo cree, y realmente ama a Dios, sinceramente se esforzará por ser honrado y hacer lo que es recto a sus ojos. “El que quiere amar la vida y ver días buenos, reprima su lengua de lo que es malo y sus labios de hablar engaño, antes apártese de lo que es malo y haga lo que es bueno.”—1 Ped. 3:10, 11.

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